Texto: Mt. 21.1-17
La encarnación del Hijo de Dios siempre será un gran misterio para la mente humana. Los judíos lo rechazaron y los griegos lo consideraron una locura, pero para quienes hemos creído en el incomparable amor de Dios para salvación, Cristo es poder y sabiduría de Dios, como afirma el apóstol Pablo. Jesús nació como el más pobre de los pobres y vivió sin tener ni siquiera dónde “recostar su cabeza”. Su vida austera constituye una gran cualidad de humildad y sencillez. Toda su vida fue de entrega a la obediencia de su Padre y como tal, vivió para servir a su pueblo. Un domingo entró en Jerusalén montado en una asna y el pueblo lo proclamó rey. Ese acto de acompañamiento y de tributo, que careció de una comprensión absoluta, es en verdad, una señal de que Jesús es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Los gobernantes de la época no entendieron este suceso, y lo consideraron una amenaza para sus intereses mezquinos. Por eso lo condenaron a la peor de las muertes de su tiempo: la crucifixión. Vamos a reflexionar en nuestra actitud ante Cristo como el Rey de reyes y Señor de señores (Mt. 21.1-7).
1.El Rey manda y los suyos obedecen
V,2 “Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos”. La primera actitud ante el Rey es de obediencia incondicional. Los discípulos no cuestionan la orden de Jesús, ni preguntan por qué o para qué; simplemente se ponen a su disposición. Esa debe ser nuestra actitud ante él: obediencia. Han hecho una larga caminata y en el camino muchos se han sumado a la caravana que se dirige a Jerusalén para la pascua. Faltando unos pocos kilómetros para su arribo a la ciudad santa, Jesús decide entrar montado en un burrito. Él tiene el panorama claro, sabe que su ascenso a Jerusalén es el cumplimiento profético de su muerte. Pero a pesar de saber lo que le espera, Jesús obedece al Padre. También en este relato, Jesús se revela como el Dios hombre que conoce el presente y el futuro. Conoce lo que está cerca y lo que está lejos de sus ojos. Nuestro conocimiento sigue siendo muy limitado: vemos escasamente lo que tenemos frente a nuestra vista. Pero el Señor no solo vio el asna, el borrico y los dueños, vio a Jerusalén donde después de entrar como el Rey, lo irían a condenar a muerte. Así como él fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, sus discípulos deben caracterizarse por su disposición a servir sin poner condiciones previas. Como estos dueños de los animales que requirió Jesús, hay discípulos cuyos nombres desconocemos y que están dispuestos a cumplir con sus órdenes. Permanecen en el anonimato y no buscan la gloria humana. Son los que trabajan en silencio, los que atienden espontáneamente las necesidades de los demás, sin pretender figurar en ningún momento, aquellos, cuyo trabajo anónimo, no pasa desapercibido. Son los discípulos que saben recibir órdenes de Jesús y sin protestar las acatan porque saben para quien trabajan.
2. El Rey viene y los suyos lo aclaman
2.1 Humildad del Rey: montado en una asna, pollino, burro. Oposición: los reyes del mundo o los generales regresaban de las batallas montados en caballos blancos, ostentando el triunfo y la grandeza. Jesús, ejemplo máximo de humildad y mansedumbre (Mt. 11.29), entra montado en una asna prestada. Pero al final de los tiempos, Jesús aparecerá no montando una asna, sino un caballo blanco, seguido por millares de los ejércitos celestiales para ejecutar justicia en la tierra (Ap. 19. 11-21). Entonces lamentarán todos aquellos que lo rechazaron y no doblegaron su corazón ante él.
2.2 Dieron a Jesús lo que tenían: sus mantos…(abrigos). V.7-8. La multitud que acompañaba a Jesús, decidió despojarse de sus mantos y dárselos para que montase en la burrita. Otros los tendieron en el camino, haciendo calle de honor. ¿Qué le damos a Jesús hoy? ¿De qué estamos dispuestos a despojarnos para dárselos al Rey? Nuestra disposición a despojarnos de lo que queremos, mide cuánto amamos al Señor. Algunos dicen amar a Dios, pero no quieren despojarse ni del 10% que le pertenece al Señor. Ese egoísmo es el nos hace inútiles para servir e impactar el mundo que nos rodea.
2.3 Aclamación, sinónimo de reconocimiento, alabanza, adoración al Rey.
Primero, Hosanna (v. 9) es la transliteración de un imperativo hebreo que significa “salva ahora”, o “salva, te ruego”. Reconocen a Jesús como Salvador. Nuestro primer gran reconocimiento ante Jesús, es el de aceptarlo como nuestro Salvador. El ser humano solo es salvo por medio del sacrificio de Jesucristo (Hech. 4.12)
Segundo, Hijo de David (v. 9) es uno de los títulos mesiánicos más populares, de modo que la gente reconocía a Jesús como el Mesías de Dios que restauraría el reino de David, según el concepto político que ellos abrigaban. Reconocen a Jesús como el Cristo. Pedro también dio una gran declaración sobre la cual se afirma la iglesia: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16.16).
Tercero, el que viene en el nombre del Señor (v. 9) es otra expresión mesiánica (comp. v. 5). ¡Hosanna en las alturas! (v. 9) expresa el ruego dirigido al Dios del cielo para que salve y bendiga a su pueblo, o que la aclamación dirigida a Jesús se oiga en el cielo. La multitud aclama con el Salmo 118:25, 26 que forma parte de una serie de Salmos (113–118) que el pueblo cantaba durante la Pascua. ¡Bendito el que viene…! (v. 9) se aplicaba primero a los peregrinos cuando se acercaban a Jerusalén para la Pascua, pero en este contexto se refiere a Jesús mismo. ¿Cómo es nuestra adoración para Jesús? Como adoradores del Señor, qué expresiones de amor, alabanza, honra están en nuestros labios y corazón?
2.4 Testimonio: 11 Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea. Cuando llegaron a Jerusalén, la gente salía a preguntar quién es este, refiriéndose a Jesús. Y ellos daban testimonio de él como uno de los grandes profetas. ¿Qué testimonio damos de Jesús? ¿Cómo testificamos de Jesús en la vida cotidiana? ¿Ponemos en alto su nombre para que otros lo puedan conocer? Nuestra vida, con sus palabras y acciones, dice si somos seguidores de Jesús o no; si lo amamos lo suficiente o lo seguimos por interés personal. Aprendamos de estos discípulos que obedecieron, se despojaron de lo que tenían y con su alabanza a voz en cuello, pusieron muy en alto el nombre de su Rey y Señor.
¡Bendiciones!
Niray Bernal C.