“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” Romanos 3:23. Qué fácil y sencillo pensar que se podía cumplir la sentencia, el hombre pecó, por lo tanto es merecedor de muerte. Eso es lo justo y lo humanamente posible, no había salida, solo un juicio de condenación que nos llevaría a la muerte eterna.
Fácil para un padre que no ama, fácil para un padre que no conoce a sus hijos, pero no era fácil para el Padre Eterno y el Creador de todas las cosas. Una sola palabra fue la que movió a Dios, nuestro Padre a llevar a cabo el acto que marcaría la historia de la humanidad, “AMOR”, por amor el Padre renunció a su Hijo para que todo aquel que en Él crea no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).
Desde el principio por consecuencia del pecado fuimos destituidos de la gloria de Dios, pero desde el principio el plan se puso en marcha. No hizo falta pensarlo, ni siglos para que Dios volcara su corazón en misericordia a la humanidad, ahí justo en el momento, Dios condenó a la serpiente y declaró la victoria de su Hijo a través de la muerte; “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Génesis 3:15.
Y así se cumplió la Palabra, el Hijo de Dios, tomando forma de hombre, se humilló y murió con muerte de cruz, la forma más vil que alguien podía padecer. “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Isaías 53:-6.
En una cruz se concretó el más grande acto de amor. Fue en una cruz que nuestra vida cambio, fue en una cruz el lugar donde se borró la sentencia y en nuestro nombre se escribió inocente. Pasamos de muerte a vida, a ser herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17).
No hay mayor amor que este, el entregarlo todo y hasta la última gota de sangre por usted y por mí.
¿Es necesaria una “semana santa” para celebrar tal acontecimiento? ¿Es necesario dejar nuestras vacaciones de lado y recordar la muerte de Jesucristo? No hermanos, no es necesario un día ni una semana, este acto amerita nuestra vida completa. Una vida que no sea egoísta, una vida que ame a Dios por sobre todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo. Una vida que mengüe para que crezca Cristo. “…Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” Lucas 9:23.
Lo que hizo Dios por nosotros no tiene comparación, nada podrá igualarlo, nos salvó y nos exaltó. Dediquemos nuestra vida al Señor, sin condiciones y sin límites.
Dios en sus planes tiene una vida abundante para todos y son planes de bienestar y no de calamidad (Jeremías 29:11).
Aceptemos a Jesucristo en nuestra vida , creamos en Él y procuremos hacer todo lo bueno ante los ojos de Dios. De esta manera nos encontraremos muy pronto allá en los lugres celestiales y veremos la Gloria de Dios.
Padre en el nombre de Jesús nos presentamos como hijos tuyos, agradeciéndote por haber entregado a tu Único Hijo por amor a todos nosotros, gracias por que nadie nos ama más que Tú, gracias porque el amor que Tú nos das llena todo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.
Bendiciones, Jéssica F.